Cinco años y aún no me acostumbro al golpeteo constante de las olas con el casco de metal de la embarcación, aún después de llegar molido por la guardia de la noche anterior.
Todavía no abro los ojos pues espero encontrar de nuevo el camino hacia “Morfeo” -¡es imposible!- . Los ruidos comunes me mantienen en vigilia. Decido abrir los ojos que poco a poco sé acostumbran a la oscuridad del cuarto. Despacio me ladeo y observo a mi derecha - los muchachos siguen dormidos - .
Alguien ha abierto la puerta y se siente el viento frío que ingresa, todos se acurrucan a su frazada, que pocos mantenemos limpia.
Era "Talara" quien ahora se encarga de la cocina, pues el "Chino" estaba de rotación. "Talara" era uno de nosotros, uno de tantos que vinieron buscando mejoras salariales, tuvimos que aprender con esfuerzo, tiempo y paciencia el arte de la pesca, la maña al jalar y la costumbre de ser llamados por otro nombre. El nombre con el cual nos bautizaban de nuevo, no era fácil conseguir nombre dependía del tiempo y de los viejos que habían nacido en entre el olor a pescado y el combustible quemado, pero desde el momento que se conseguía el nombre, éramos hombres de mar y aún más éramos pescadores.
Sabía que el descanso duraría poco pero, aún no me acostumbraba al monótono golpeteo de las olas sobre el casco así que me levanté y fui al puente, no sin antes saludar a la "mami", como cariñosamente llamábamos a quien se encargaba de la cocina, sea el "Chino", sea "Talara", sea quien sea, ellos eran la "mami", pues se encargaban de cocinar la comida que necesaria era antes y después de la faena de pesca.
Dejé arreglada mi cama, mientras caminaba entre el va y viene de la embarcación recordé la primera comida que no vomite, era común para los terrenos tener este principio, no era fácil acostumbrarse al movimiento de las olas. Sonreí con el recuerdo de ese primer desayuno no desechado por mi organismo. El sabor sigue en mi boca, era cuy guisado con papas, y una sopa de pollo caliente, - supo a dioses -, desde ese momento era uno de los primeros en pedir el desayuno aún antes que la hora del gallo guiara al sol.
Pasé por la cocina que comenzaba a funcionar, le indique a "Talara" si podía ayudarlo en algo, con una sonrisa franca, dijo que no. - Mientras terminaba de echar azúcar a la olla del té -.
Caminaba tocando las paredes mientras subía las escaleras hacia el puente. "Rojitas" estaba en la caña, mientras "Chingolo" descansaba.
- Compadre ¿cómo vamos?-, pregunté mientras veía las marcas de las otras embarcaciones en el radar. Siempre me fastidiaba el brillo, así que dirigí mi atención al navegador por satélite.
- Bien la lanchada está a 5 millas de nosotros y falta como una hora para llegar a la zona de pesca.- Con una ligera inclinación me indicaba en la dirección Norte.
Recordaba las coordenadas 15º10 de latitud Sur y 77º00 de longitud Oeste. “Diente de oro” nos había dado la información, que el avión alcanzara. Habíamos salido desde Pisco, un largo camino para llegar a la zona de pesca, pero así era. La pesca estaba para algunos pocos, y la navegación y búsqueda del recurso era la mayoría del tiempo. Por ello, era importante embarcarse con los mejores patrones de pesca, ellos sabían buscar y dirigir en la pesca.
- ¿Qué haces despierto, tu turno ya acabó y además no has dormido desde anoche? ¿Té pasa algo? – Rojitas me recordó que estaba aún abordo.
- Nada, "Rojitas" solo que se me fue el sueño, tú sabes.
- Bueno, pero no te quejes cuando tengamos que jalar el trapo.
Sonreí para mí. "El trapo", término interesante y despectivo para llamar aquel gigante de poliamida que es la red, que pesaba cerca de 10 toneladas y medía algo más de 1000 metros de largo por 120 metros de alto. Jalarlo no era tarea fácil, por suerte había nuevos equipos que ayudaban a esto, pero se tenía que ordenar y eso implicaba jalar de 11 a 13 kilos de plomo por braza. La tarea no era fácil y solo los más fuertes y experimentados eran los encargados, el "Negro" era el indicado para ello, aunque muchas veces hosco, por su dificultad al hablar, era uno de los más sinceros compañeros a bordo. El “Negro” y “Caballo” eran los más viejos a bordo, casi todos escuchábamos sus historias en la noches de espera antes de la faena. “Caballo”, me enseño la maña del winche, máquina singular que ayudaba a llevar la red abordo.
El frío se sentía aun detrás de las gruesas ventanas, algunas olas llegaban hasta la sobre caseta, lamiendo las lunas que nos protegían de la inclemencia del tiempo.
Un tumbo hacia adelante otro hacia atrás, un bajo una nueva subida, parecía la ruleta rusa. Aun recuerdo cuando llegué por primera vez, esos va y viene no me permitían mantenerme en pie, pero ahora era otra cosa. Si otro nos viera pensaría que teníamos los pies clavados al piso.
Pocas noches había sentido tanto movimiento en el mar y además íbamos corriente abajo (como comúnmente llamábamos ir hacia el Sur, pues la corriente superficial costera que baña el Perú va de Sur a Norte).
Sonrío, cuando recuerdo a aquel chiquillo que llegara con ánimos de aprender y de conseguir dinero. Como todos dije solo un año y luego sigo estudiando. Ya ven, estoy casi 5 años en esto, no me ha interesado nunca seguir en el escalafón de la pesca, pero he aprendido, se manejar los equipos, conozco de maniobras, pero lo que más me atrae son los fierros. ¿Cómo ese armatoste de metal, puede ser movido, que implica rpm, que significa presión de aceite, porque tanto control en la temperatura del motor? No entendía, sin embargo poco a poco con ayuda de “Calato” el Motorista de la nave fui aprendiendo poco a poco, además algunos consejos de “Cajamarca” del Jefe mecánico de la empresa pude entender algo más.
Dejo por un rato el puente y salgo a mirar el mar hacia el lado de popa, para evitar las olas que golpean aquí y allá. Siento un pequeño escalofrío, pensar que si caigo al agua seria complicado que alguien pueda rescatarme, las olas no lo permitirían demás decir que la distancia a la que estábamos de la costa era imposible que me llegara a salvarme.
Los ruido allá afuera eran mayores, las olas rugían y el barco temblaba, la vibración generaba sonidos diversos uno de ellos me hacia sentir como algo frágil, en medio de la inmensidad de la noche y esa neblina que no permitía ver a los otros barcos en la cercanía. Cierro los ojos mientras respiro el aire frío y cargado de humedad y en eso vuelvo a escuchar ese sonido que me hiciera despertar, las olas golpeando el casco. Otros sonidos se hacen presentes también, el macaco se mueve y golpea con la pluma principal sonando horriblemente. “Caramanchel”, grita ¡”Azul”! - mi nombre de mar – ajusta la maniobra del macaco, mientras aseguro la panga -. Dejo a un lado mis pensamientos y pongo manos a la obra “Caballo” y “Lino” llegan a ayudarme y terminamos rápidamente, sin ninguna palabra. Excepto una frase - con cuidado chico, las olas te pueden llevar entra ya estas azul del frío – “Caballo” me advierte.
Ingreso con paso lento y ayudado por “Lino”, de repente todo se volvió silencio, y vi como los otros me veían como extraños.
- No recuerdo más – Solo que estaba de nuevo en cama, y veía entre sombras a la gallada, algunos movían la boca y los otros fumaban, entendía que algo pasaba pero no tenia fuerzas para levantarme. “Chingolo” bajó un momento y me miró, yo como sonámbulo trate de decirle que no había problema pero sentí la boca como un estropajo y caí inconsciente de nuevo.
De nuevo ese sonido, a lo lejos en mi mente. Un dolor de cabeza en la parte baja me obligo a cerrar los ojos que poco a poco había intentado abrir, juro que me dio pánico, bajo un sudor frío desde la nuca hasta mi espalda. Trate de agudizar mi oído mientras, acercaba mi mano al casco del barco para sentir el frío del mismo. El ruido eran inconsistente, venia por ratos y luego se iba, pero el dolor era persistente, sin embargo creo haber comprendido que era. Alguna vez me indicaron que el sonar producía un haz de sonido que no podíamos captar porque estaba en una frecuencia muy por debajo de nuestro rango de audición, sin embargo podía escucharlo, estaba seguro de ello.
A veces sonaba fuerte otro débil, no entendía el porque pero intentaba averiguarlo, si este dolor desaparecía.
“Talara” se aproximó con un bolo de sopa y me ayudo a tomar algo. Me comento que habían avisado que estaba enfermo y que estábamos de regreso para que me vieran – al parecer había sangrado por la nariz y los ojos- todos estaban preocupados. Un ruido imposible hizo temblar mi cuerpo y se escucho el ruido característico de la actividad previa a la cala.
Al cambiar la ruta habíamos topado con un cardumen bastante grande “Chingolo”, estaba avisando a “Vitucho” y “Periche”, mientras cuadraba la embarcación – El dolor era cada vez peor, latía mi cerebro. – Todos estaban listos –
¡Listos!, listos, repetía “Rojitas” el segundo abordo, ya “Chingolo” había cuadrado el cardumen, ¡arreaaaaaaa! La panga sale disparada, la red cae mientras la embarcación inicia el semicírculo, más parece un ovoide pero allí va, el ruido se intensifica pero de pronto solo quedan los ruidos normales de la gente gritando, para que todo vaya en orden, el winche comienza a trabajar para traer la gareta y cerrar la bolsa.
– Al parecer todo va bien- Intento levantarme pero el solo abrir los ojos aun en la oscuridad del cuarto, pareciera que va explotar mi cerebro. Me aguanto el dolor y logro pararme. Debo trabajar sino no recibiré nada de la pesca. Así es la costumbre a bordo. Logro ponerme la ropa de agua y salir, un frío insoportable golpea mi cuerpo y me hace trastabillar, mientras las olas rompen a babor, empujándome hacia la baranda, casi me caigo por suerte “Talara” estaba de regreso cerca de la cocina y me sostiene.
- ¿Qué haces muchacho? – ¡Estas loco!, estas temblando de fiebre regresa a la cama. Otro bandazo, caigo sobre el pasadizo y mientras el agua tocaba mi rostro sentí de nuevo ese ruido, el ruido de otras embarcaciones acercándose. Le pregunte a “Talara” como fue la pesca – buena chico, todos tendrán una parte sin problemas y regresaremos pronto a puerto – Ya no oí nada mas.
Al llegar a puerto la Embarcación Columba 5, declaro 450 t de pesca y que llevaba un muerto. Nadie entendió ¿que había pasado? ¿Porqué había muerto?, pero todos sintieron la perdida, sin embargo el Jefe de Flota se encargaría de hacer todos los tramites, se debía salir otra vez, ni bien se descargara.
La mañana se levanto del horizonte y el golpeteo de las olas sobre la borda continuo como de costumbre. Sin embargo, algo había cambiado, ninguna embarcación había salido a pescar, la voz se había pasado, cada embarcación que llegaba traía un muerto, en todos los casos era el más joven, lo extraño era que ninguno tenia heridas, todos habían sufrido lo mismo que “Azul” y al final se quedaron dormidos en su camarote.
Era un caso muy llamativo, toda embarcación que llegaba y seguían llegando traía un muerto. El Capitán de puerto no dio más zarpes después del tercero suceso, ya iban 45, se supuso una epidemia, que algo les había caído mal, pero la única coincidencia entre ellos era su edad (entre 20 y 25 años) y que no tenían hermanos.
La gente se amontonaba frente a la Capitanía, el Ministerio de salud envió expertos en epidemias a la zona, los marineros trataban de parar el continuo de padres y madres que llegaban con la cara de dolor y esperando que su hijo no fuera el que estaba en el patio de la capitanía. Los reporteros llegaron, los canales comentaban el hecho, el Presidente iba a decir algo, pero no había ningún indicio del ¿Por qué?
Los médicos habían llegado y comenzaban a hacer algunos análisis, pero todo era normal, además de estar azules una característica de muerte por helada, algo imposible en el sub-trópico donde estábamos, no había ninguna causa biológica para el hecho.
La noticia era más alarmante en todos los puertos del país llegaban las naves con una persona muerta, sean embarcaciones pesqueras o navieras.
Solo los más viejos sabían el porque, y ellos los sabían por historias orales que sus padres y los padres de sus padres les habían contado. Era día de luna roja, luna que cada 100 años ocurría, según las leyendas Pachacamac pedía sangre joven y no la había recibido en más de de 3 siglo. ¿Acaso era un castigo de un viejo Dios?
San Pedrito y el Cristo de Pachacamilla salieron a la mar aún cuando no era su fecha, para calmar al olvidado dios, pero ya los jóvenes habían dejado su alma y el mar calmado su sed.
Los pescadores siguieron su rutina pero algo había pasado ya “Azul” no estaba aquí, ya los padres no dejaban a sus hijos únicos embarcarse, ya los patrones comenzaban a ver el horizonte con otros ojos, ya el cambio se había generado, o talvez ¿había regresado?
Todavía no abro los ojos pues espero encontrar de nuevo el camino hacia “Morfeo” -¡es imposible!- . Los ruidos comunes me mantienen en vigilia. Decido abrir los ojos que poco a poco sé acostumbran a la oscuridad del cuarto. Despacio me ladeo y observo a mi derecha - los muchachos siguen dormidos - .
Alguien ha abierto la puerta y se siente el viento frío que ingresa, todos se acurrucan a su frazada, que pocos mantenemos limpia.
Era "Talara" quien ahora se encarga de la cocina, pues el "Chino" estaba de rotación. "Talara" era uno de nosotros, uno de tantos que vinieron buscando mejoras salariales, tuvimos que aprender con esfuerzo, tiempo y paciencia el arte de la pesca, la maña al jalar y la costumbre de ser llamados por otro nombre. El nombre con el cual nos bautizaban de nuevo, no era fácil conseguir nombre dependía del tiempo y de los viejos que habían nacido en entre el olor a pescado y el combustible quemado, pero desde el momento que se conseguía el nombre, éramos hombres de mar y aún más éramos pescadores.
Sabía que el descanso duraría poco pero, aún no me acostumbraba al monótono golpeteo de las olas sobre el casco así que me levanté y fui al puente, no sin antes saludar a la "mami", como cariñosamente llamábamos a quien se encargaba de la cocina, sea el "Chino", sea "Talara", sea quien sea, ellos eran la "mami", pues se encargaban de cocinar la comida que necesaria era antes y después de la faena de pesca.
Dejé arreglada mi cama, mientras caminaba entre el va y viene de la embarcación recordé la primera comida que no vomite, era común para los terrenos tener este principio, no era fácil acostumbrarse al movimiento de las olas. Sonreí con el recuerdo de ese primer desayuno no desechado por mi organismo. El sabor sigue en mi boca, era cuy guisado con papas, y una sopa de pollo caliente, - supo a dioses -, desde ese momento era uno de los primeros en pedir el desayuno aún antes que la hora del gallo guiara al sol.
Pasé por la cocina que comenzaba a funcionar, le indique a "Talara" si podía ayudarlo en algo, con una sonrisa franca, dijo que no. - Mientras terminaba de echar azúcar a la olla del té -.
Caminaba tocando las paredes mientras subía las escaleras hacia el puente. "Rojitas" estaba en la caña, mientras "Chingolo" descansaba.
- Compadre ¿cómo vamos?-, pregunté mientras veía las marcas de las otras embarcaciones en el radar. Siempre me fastidiaba el brillo, así que dirigí mi atención al navegador por satélite.
- Bien la lanchada está a 5 millas de nosotros y falta como una hora para llegar a la zona de pesca.- Con una ligera inclinación me indicaba en la dirección Norte.
Recordaba las coordenadas 15º10 de latitud Sur y 77º00 de longitud Oeste. “Diente de oro” nos había dado la información, que el avión alcanzara. Habíamos salido desde Pisco, un largo camino para llegar a la zona de pesca, pero así era. La pesca estaba para algunos pocos, y la navegación y búsqueda del recurso era la mayoría del tiempo. Por ello, era importante embarcarse con los mejores patrones de pesca, ellos sabían buscar y dirigir en la pesca.
- ¿Qué haces despierto, tu turno ya acabó y además no has dormido desde anoche? ¿Té pasa algo? – Rojitas me recordó que estaba aún abordo.
- Nada, "Rojitas" solo que se me fue el sueño, tú sabes.
- Bueno, pero no te quejes cuando tengamos que jalar el trapo.
Sonreí para mí. "El trapo", término interesante y despectivo para llamar aquel gigante de poliamida que es la red, que pesaba cerca de 10 toneladas y medía algo más de 1000 metros de largo por 120 metros de alto. Jalarlo no era tarea fácil, por suerte había nuevos equipos que ayudaban a esto, pero se tenía que ordenar y eso implicaba jalar de 11 a 13 kilos de plomo por braza. La tarea no era fácil y solo los más fuertes y experimentados eran los encargados, el "Negro" era el indicado para ello, aunque muchas veces hosco, por su dificultad al hablar, era uno de los más sinceros compañeros a bordo. El “Negro” y “Caballo” eran los más viejos a bordo, casi todos escuchábamos sus historias en la noches de espera antes de la faena. “Caballo”, me enseño la maña del winche, máquina singular que ayudaba a llevar la red abordo.
El frío se sentía aun detrás de las gruesas ventanas, algunas olas llegaban hasta la sobre caseta, lamiendo las lunas que nos protegían de la inclemencia del tiempo.
Un tumbo hacia adelante otro hacia atrás, un bajo una nueva subida, parecía la ruleta rusa. Aun recuerdo cuando llegué por primera vez, esos va y viene no me permitían mantenerme en pie, pero ahora era otra cosa. Si otro nos viera pensaría que teníamos los pies clavados al piso.
Pocas noches había sentido tanto movimiento en el mar y además íbamos corriente abajo (como comúnmente llamábamos ir hacia el Sur, pues la corriente superficial costera que baña el Perú va de Sur a Norte).
Sonrío, cuando recuerdo a aquel chiquillo que llegara con ánimos de aprender y de conseguir dinero. Como todos dije solo un año y luego sigo estudiando. Ya ven, estoy casi 5 años en esto, no me ha interesado nunca seguir en el escalafón de la pesca, pero he aprendido, se manejar los equipos, conozco de maniobras, pero lo que más me atrae son los fierros. ¿Cómo ese armatoste de metal, puede ser movido, que implica rpm, que significa presión de aceite, porque tanto control en la temperatura del motor? No entendía, sin embargo poco a poco con ayuda de “Calato” el Motorista de la nave fui aprendiendo poco a poco, además algunos consejos de “Cajamarca” del Jefe mecánico de la empresa pude entender algo más.
Dejo por un rato el puente y salgo a mirar el mar hacia el lado de popa, para evitar las olas que golpean aquí y allá. Siento un pequeño escalofrío, pensar que si caigo al agua seria complicado que alguien pueda rescatarme, las olas no lo permitirían demás decir que la distancia a la que estábamos de la costa era imposible que me llegara a salvarme.
Los ruido allá afuera eran mayores, las olas rugían y el barco temblaba, la vibración generaba sonidos diversos uno de ellos me hacia sentir como algo frágil, en medio de la inmensidad de la noche y esa neblina que no permitía ver a los otros barcos en la cercanía. Cierro los ojos mientras respiro el aire frío y cargado de humedad y en eso vuelvo a escuchar ese sonido que me hiciera despertar, las olas golpeando el casco. Otros sonidos se hacen presentes también, el macaco se mueve y golpea con la pluma principal sonando horriblemente. “Caramanchel”, grita ¡”Azul”! - mi nombre de mar – ajusta la maniobra del macaco, mientras aseguro la panga -. Dejo a un lado mis pensamientos y pongo manos a la obra “Caballo” y “Lino” llegan a ayudarme y terminamos rápidamente, sin ninguna palabra. Excepto una frase - con cuidado chico, las olas te pueden llevar entra ya estas azul del frío – “Caballo” me advierte.
Ingreso con paso lento y ayudado por “Lino”, de repente todo se volvió silencio, y vi como los otros me veían como extraños.
- No recuerdo más – Solo que estaba de nuevo en cama, y veía entre sombras a la gallada, algunos movían la boca y los otros fumaban, entendía que algo pasaba pero no tenia fuerzas para levantarme. “Chingolo” bajó un momento y me miró, yo como sonámbulo trate de decirle que no había problema pero sentí la boca como un estropajo y caí inconsciente de nuevo.
De nuevo ese sonido, a lo lejos en mi mente. Un dolor de cabeza en la parte baja me obligo a cerrar los ojos que poco a poco había intentado abrir, juro que me dio pánico, bajo un sudor frío desde la nuca hasta mi espalda. Trate de agudizar mi oído mientras, acercaba mi mano al casco del barco para sentir el frío del mismo. El ruido eran inconsistente, venia por ratos y luego se iba, pero el dolor era persistente, sin embargo creo haber comprendido que era. Alguna vez me indicaron que el sonar producía un haz de sonido que no podíamos captar porque estaba en una frecuencia muy por debajo de nuestro rango de audición, sin embargo podía escucharlo, estaba seguro de ello.
A veces sonaba fuerte otro débil, no entendía el porque pero intentaba averiguarlo, si este dolor desaparecía.
“Talara” se aproximó con un bolo de sopa y me ayudo a tomar algo. Me comento que habían avisado que estaba enfermo y que estábamos de regreso para que me vieran – al parecer había sangrado por la nariz y los ojos- todos estaban preocupados. Un ruido imposible hizo temblar mi cuerpo y se escucho el ruido característico de la actividad previa a la cala.
Al cambiar la ruta habíamos topado con un cardumen bastante grande “Chingolo”, estaba avisando a “Vitucho” y “Periche”, mientras cuadraba la embarcación – El dolor era cada vez peor, latía mi cerebro. – Todos estaban listos –
¡Listos!, listos, repetía “Rojitas” el segundo abordo, ya “Chingolo” había cuadrado el cardumen, ¡arreaaaaaaa! La panga sale disparada, la red cae mientras la embarcación inicia el semicírculo, más parece un ovoide pero allí va, el ruido se intensifica pero de pronto solo quedan los ruidos normales de la gente gritando, para que todo vaya en orden, el winche comienza a trabajar para traer la gareta y cerrar la bolsa.
– Al parecer todo va bien- Intento levantarme pero el solo abrir los ojos aun en la oscuridad del cuarto, pareciera que va explotar mi cerebro. Me aguanto el dolor y logro pararme. Debo trabajar sino no recibiré nada de la pesca. Así es la costumbre a bordo. Logro ponerme la ropa de agua y salir, un frío insoportable golpea mi cuerpo y me hace trastabillar, mientras las olas rompen a babor, empujándome hacia la baranda, casi me caigo por suerte “Talara” estaba de regreso cerca de la cocina y me sostiene.
- ¿Qué haces muchacho? – ¡Estas loco!, estas temblando de fiebre regresa a la cama. Otro bandazo, caigo sobre el pasadizo y mientras el agua tocaba mi rostro sentí de nuevo ese ruido, el ruido de otras embarcaciones acercándose. Le pregunte a “Talara” como fue la pesca – buena chico, todos tendrán una parte sin problemas y regresaremos pronto a puerto – Ya no oí nada mas.
Al llegar a puerto la Embarcación Columba 5, declaro 450 t de pesca y que llevaba un muerto. Nadie entendió ¿que había pasado? ¿Porqué había muerto?, pero todos sintieron la perdida, sin embargo el Jefe de Flota se encargaría de hacer todos los tramites, se debía salir otra vez, ni bien se descargara.
La mañana se levanto del horizonte y el golpeteo de las olas sobre la borda continuo como de costumbre. Sin embargo, algo había cambiado, ninguna embarcación había salido a pescar, la voz se había pasado, cada embarcación que llegaba traía un muerto, en todos los casos era el más joven, lo extraño era que ninguno tenia heridas, todos habían sufrido lo mismo que “Azul” y al final se quedaron dormidos en su camarote.
Era un caso muy llamativo, toda embarcación que llegaba y seguían llegando traía un muerto. El Capitán de puerto no dio más zarpes después del tercero suceso, ya iban 45, se supuso una epidemia, que algo les había caído mal, pero la única coincidencia entre ellos era su edad (entre 20 y 25 años) y que no tenían hermanos.
La gente se amontonaba frente a la Capitanía, el Ministerio de salud envió expertos en epidemias a la zona, los marineros trataban de parar el continuo de padres y madres que llegaban con la cara de dolor y esperando que su hijo no fuera el que estaba en el patio de la capitanía. Los reporteros llegaron, los canales comentaban el hecho, el Presidente iba a decir algo, pero no había ningún indicio del ¿Por qué?
Los médicos habían llegado y comenzaban a hacer algunos análisis, pero todo era normal, además de estar azules una característica de muerte por helada, algo imposible en el sub-trópico donde estábamos, no había ninguna causa biológica para el hecho.
La noticia era más alarmante en todos los puertos del país llegaban las naves con una persona muerta, sean embarcaciones pesqueras o navieras.
Solo los más viejos sabían el porque, y ellos los sabían por historias orales que sus padres y los padres de sus padres les habían contado. Era día de luna roja, luna que cada 100 años ocurría, según las leyendas Pachacamac pedía sangre joven y no la había recibido en más de de 3 siglo. ¿Acaso era un castigo de un viejo Dios?
San Pedrito y el Cristo de Pachacamilla salieron a la mar aún cuando no era su fecha, para calmar al olvidado dios, pero ya los jóvenes habían dejado su alma y el mar calmado su sed.
Los pescadores siguieron su rutina pero algo había pasado ya “Azul” no estaba aquí, ya los padres no dejaban a sus hijos únicos embarcarse, ya los patrones comenzaban a ver el horizonte con otros ojos, ya el cambio se había generado, o talvez ¿había regresado?
=
=

No hay comentarios:
Publicar un comentario